La brisa era tan cálida y tan áspera, que los labios los tenía blancos por la sequedad que respiraba. Llenaba sus pulmones de aire cada vez más, para ver si le explotaban. "Bonito que lo voy a dejar todo." -pensaba.
Nunca le dijo a nadie su guarida -llena de sombras, reflejos, murmullos y hierbas aromáticas con un ligero toque a putrefacto-.
Con sus manos se recogía las rodillas ("no vaya a ser que me las roben") y, mientras, sin saberlo, contemplaba el cielo plagado de estrellas. Pensaba y pensaba y el calor en sus sienes aumentaba a medida que disminuía el de la madrugada. Llegó a la conclusión de que ésta no era la época que quería vivir. Desnudó sus rodillas. Sonrió.
Sonó un leve silbido de aire.
Silencio.
Adiós niña de porcelana.
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Deje su alma aquí después de la señal. RIIIIIIIIIIIIIIP