Carta de amor

Carroñera incansable, madre de todos los vómitos habidos y por haber que la imaginación crea; despliegas tus alas negras sobre aquello que sembraste con la misma bondad que desprende tu nombre, ya tan marchito y tan quebrado que no queda escapatoria alguna excepto la de la difamación y la absoluta miseria pueril. 

Aparta de nosotros tu falsa luz, esperando que seamos lagartos que asoman a comer algo de energía y amor, pues somos tratados como míseras polillas fúnebres para tus escombros. 

No existe más odio que el que plantas con esmero, con despropósitos de sangre, nublando los significados bellos de nuestros nombres que, día a día, intentamos hacer ganarnos a pulso y actos. 

Canalla insaciable, miserable en arrullo de oro que has cosido para tu dote a los ojos de quienes te miran, pero no conocen tu interior. Mis espadas quedan intactas para lo que merezca el consuelo, que de tanto desvarío he llenado ríos intentando despojarme de tus golpes desde hace siglos. 

Engañan los oídos tu mente coloreando de viveza la oscuridad, mientras plagas los miles de arcoiris con sombras que tus neuronas caprichosas desean. La esclavitud se quedó quebrada entre tus dedos como pinceles secos que arrancan pieles con caricias, disimulando armonía y buena fe pero, lamentablemente para tu memoria, los llantos carecen de pena y las sonrisas de felicidad. 

No te pediré jamás que te vayas, porque mi sitio no está bajo tu manto de oscuridad y sufrimiento; me quedo a merced del viento y las estrellas aunque exploten sobre mi cabeza. 

Mi sitio no está a tu lado. 

Jamás lo ha estado.

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