Extiende sus brazos hacia mí y me pide que la acurruque en mi pecho. Le aparto el flequillo y se lo escondo detrás de la orejita, como quien esconde un secreto para que se vea la realidad: que es preciosa. Le acaricio su carita y me sonríe. "¡Apenas pesas!", le digo mientras tengo que sacar más fuerzas de las entrañas para soportar su peso. Ella se ríe a carcajadas. Con la boca como los peces me babea la mejilla (en el idioma de los adultos los llamamos "besos", pero para ella son una muestra de un cariño extremo).
"Cuéntame un cuento, mamá", me pide con ojos entrecerrados. Le huelo el cuello, las manitas, se las beso y, por miles de segundos: amo cada centímetro de su piel morenita y suave. "A ver, mi niña, ¿de qué lo quieres esta noche?". Se le dibuja una sonrisa en la cara y me dice: "De princesas republicanas que trabajan de jornaleras, mamá!".
Se me escapa una carcajada y encajándola entre mis brazos le empiezo a contar su cuento preferido sin antes recordarle que tiene que dormirse, durante años.
Aún es demasiado pronto para despertar.

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