Día 16 - Mediodía

Después de la sorpresa del otro día me han dejado regular nada más. Qué poco estiloso en mí, oys, con la vida tan normal que tengo. Así que me he pegado al calor maternal (el mejor del mundo, ¿que no?) para desestresarme de esta realidad tan kafkiana (sí, el de las torrijas, que por cierto, ahora tiene más faena que nunca...qué bandido). Estábamos en la cocina preparando la comida y apareció por la puerta de la cocina Kurt Cobain dejándose caer por la pared, arrastrando el hombro cual gusano perdido. ¡Cúcha! - ha dicho mi madre al verle. Yo me he limitado a mirarle de tan de reojo que casi me caigo al suelo del mareo. Oye, hubiera quedado super divina pero no sé caerme a cámara lenta. Soplándose los flequillos de la cara ha dicho: "Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta". Mi madre ha puesto cara de comer limones y me ha mirado señalándolo como haciendo autostop y me ha dicho: ¿Qué le pasa a éste?. No sé, máma - le he dicho - será que tiene hambre. Antes de terminar la frase mi madre ya le había plantado el mandil encima y dándole unas palmaditas en el hombro junto con un "amosnene". Me ha dado cosilla el pobre. No sabe redondear las albóndigas bien. Mientras pringaba de carne picada la cocina, ha suspirado: "No sé dónde voy, no sé, sólo sé que aquí no puedo estar". A lo que mi madre le ha contestado suspirando mucho: De nada, para eso estamos. 


Los huevos fritos con papas estaban geniales. Se le da bien la música y ser un triste, no la gastronomía. Es lo que hay.

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