Día 18 - Noche

Llevaba una melopea bestial, de estas que te hacen avanzar más sin andas en zig-zag que en dirección recta. ¿Qué pensaría mi madre si me viera así?. "Pa lo que has quedao, hija". Pasé por el salón para ver si había alguien y allí estaba sentado en el sofá Rafael Alberti, con una copita encima de la mesa de vino, mirándome con cara de búho (o eso creo porque llevaba las lentillas sucias, claro) y haciendo punto con un largo ovillo de lana roja. Por cierto, menudo arte. -¿Me estás haciendo una bufandita, padre? Qué buapo ereeeeeeeeeeeeeeeh. Le dije. Se apartó como si le quemara y me dijo: "Hace falta estar ciego, tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio, cal viva, arena hirviendo, para no ver la luz que salta en nuestros actos, que ilumina por dentro nuestra lengua, nuestra diaria palabra". -Que te quiero compadreeeeeeeeeeee, dame un beso, ¡corre corre!...uy...¿y estos pelos a lo lolailo? ven para acá que te voy a dejar hecho un pincel. Le dije cogiendo las tijeras de la mesa. Como espantando moscas me acarició un poco bruscamente la cara y añadió el tono alto: "Yo te arrojé de mi cuerpo, yo, con un carbón ardiendo. Vete". Y como un muelle que tiran desde un noveno piso me quedé mirándolo: ¿Eso se hace? ¡Qué saborío te has vuelto!


Me desperté en mi cama, con una gran manta de lana roja tapándome y dándome calor. Y al lado una nota que decía: "Alma en pena: el resplandor sin vida, tu derrota."




¿Tu derrota?... ¿Ahora se llama así a las resacas?. Qué diíta.

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Deje su alma aquí después de la señal. RIIIIIIIIIIIIIIP