Amores y otros maltratos

Decía que la quería y ella lo notaba. En colores morados, rojos, azules y morados él la adoraba. 
Amaba sus guisos, sus andares, sus escotes que nada escondían, hasta el color de sus ojos que cambiaban de color en función del amor que él le daba. Los amaba tanto que no podía reprimir en su pecho tanto amor y tenía que soltarlo por algún lado: ya fueran los pies, puños o boca. Cuando él se reía mirándola delante de sus amigos o familia no era humillación, no, era que la quería demasiado y sólo tenía ojos para ella. Que las otras que escondían bajo sus sábanas no eran nadie.


Ella notaba ese amor tan grande en cada palabra. Detrás de las palabras puta, zorra, novalesparanada, fea, se escondía el más tierno sentimiento. Ni los ramos de flores y libros de poemas de amor que le regalaba después le sabían a tanto como con aquel aroma a hierro fundido.


Se decía que esas lágrimas que derramaba eran por puro amor, de emoción. Nada tenían que ver sus caricias bruscas ni sus piropos de contenedor. Si ella sabía que la adoraba, pero no tanto como ella a él. 


De tanto amor que le procesaba ella se creía indigna de ello, un día ella quiso mostrarle su amor infinito y eterno hacia él. Lo único malo de esta historia es que la pilló cocinando, con todos los cuchillos alrededor.


Lo amó 67 veces con verdadera pasión.

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