Día 22 - Mañana

Se notaba que estaba de resacona. Esa manera de beber agua, con hilillo de baba por el lado incluída, y esa mirada tan penetrante en el infinito...esa manera tan sutil de dejarse caer encima del banco, que más que un humano parecía un saco de trapos. Sucios. Con estas pintacas dignas del mismísimo Rey de Cagancho, estaba José Millán-Astray, padre de la Legión Española y Procurador en las Cortes de helado Españolas en la época Franquista. "Qué añazos, eh, Pepillo?". Le dije pero seguía aferrado a su botella de agua. Ni que se la fuera a quitar, que de gentuza tengo lo justo. 


 Después de su maravilloso morreo con la botella, me dijo: "El espíritu de compañerismo: Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos.". A lo que le dije: Y te han dejado a ti para que digas cómo ha ido todo, no? Por eso estás tan solito... Angelito, ¡venga ese abrazo!. De un manotazo me apartó, se levantó como si quisiera apoyarse en los codos para hacerlo y se dirigió a un hombre de fachada poco distinguida. 


Lo vi desde lejos haciendo un gesto con los dedos, frotando el dedo pulgar y los dedos índice y corazón, como si quisiera quitarse arenilla. Seguidamente, vi que Pepiño le señalaba la entrepierna a misterioso hombre. Imaginé que sería porque le estaría explicando la bravura y masculinidad que lo caracteriza. Luego se perdieron entre los setos. 


No sabía que a Pepe le gustara jugar a los jardineros. ¡Qué machote!

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