Desde pequeño todos se asombraban cuando relacionaba todo con la lluvia: "me llueven los ojos", "llueve por el grifo"... Nadie entendía su amor por los elementos, en especial por ese, si "sólo es agua." Incluso pensaba que su madre recogía el agua de la calle para llenarle el biberón que luego pediría insistentemente, sin sed alguna, sólo por el placer de ver si había algo nadando como pececillos dentro de aquel bote traslúcido.
Esos términos de los que le hablaban los adultos eran más las palabras que sus dedos empezaban a escribir antes que sentir aunque lo necesario -propio, oportuno y muchos adjetivos- hubiera sido que, como niño, su cuerpo experimentara todos los sentimientos y sensaciones posibles con sólo abrir los ojos y poner en funcionamiento todos sus sentidos que empezaban a florecer.
Cuando cumplió unos años podía quedarse horas pegado al cristal de la ventana de cualquier lugar mientras observaba cada gota caer e intentaba contar el número de ellas pero siempre perdía la cuenta. Realmente quería saber todo lo que ocurría y por qué, cómo y dónde, cuándo y si era obra de algún ser extraño. En el colegio no le daban todas las respuestas y olvidaba que había otros niños a su alrededor con más o menos ganas de aprender que él. A veces su profesora no sabía qué contestarle ante las preguntas no tan propias de su edad.
Aprendió el significado de muchas palabras por tanta pregunta, hasta que su padre le dio un libro pesado "Lee y descúbrelo tú mismo." Al abrir ese libro pesado -que luego resultaría ser de aire- comprobó con palabras de tinta lo que era la lluvia, su origen, los beneficios de ella y, pobre de él, pensó que su curiosidad quedaría satisfecha. Se enfadó consigo mismo y con el techo de su habitación por traerle tantas preguntas a la cabeza. También se ayudó de sus imparables preguntas del por qué del Todo, del origen de Todo. De esta entrañable manera obligó a todos los adultos que le rodeaban a ayudarle en su tarea de descubrir en libros sus más inquietantes respuestas a Todo. Obviamente, alguien tendría que ayudarle a entender muchas cosas que en esos libros aparecía y que no llegaba a comprender del todo bien.
El estar enterrado entre libros fue su niñez, investigando palmo a palmo el significado de la lluvia, del agua, del aire, de los relámpagos, el fuego, los huracanes...y todo esto le llevaría a la segunda parte que le inquietaba: las reacciones del mundo que le rodeaba ante estas acciones que estaba aprendiendo, sin darse cuenta -en un principio- que su primer gran descubrimiento fue el saber lo que era el Amor. Amor por los libros, la curiosidad, la sabiduría, las palabras, lo oculto, lo que nadie se pregunta, Amor por conocer su mundo antes de aprender a vivirlo.
Quería estar bien preparado.
Continuará...
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