Se lo llevó el aire para sí, que la tierra era pequeña para sus inquietos pies y tenía que hacer nubes para que lloviera en su ausencia, para que le recordara siempre. Volar siempre estuvo subestimado si de vivir se refiere. Aunque le pintaran los ojos de barro al nacer le veía el oro que le salía entre las pupilas pero al portador nunca se le dieron bien los pequeños detalles porque el mundo giraba tan deprisa que no quería pararse, porque podría caerse y romper todo su mundo. Le agotaba tanto su planeta...
De nada le valían las formas imperfectas, ni los tembleques de pestañas en las muñecas o del cuello, ni aferrarse al volcán de su silencio, ni a las notas de los pianos que inventaron naranjas y amarillos en el fondo de su habitación a oscuras en aras del amanecer. Cada risa, cada beso que machacaron palabras huecas inciertas de sandeces oportunas que parecían creíbles a sus oídos y a su pecho...todo eso esfumado en el aire que se lo llevó fuera de jaulas de sentimientos hechas trizas. Su pecho antes de acero consiguió llegar a la temperatura que él buscaba para ese preciso instante, justo para derretirse y formarse de nuevo en hielo cuando le precisara. Sus labios palidecían a la par que escondían regalos, se enfurecían llenos de rabia y agotaban las pilas de la energía. Es que realmente le agotaba...
Decidió entre lágrimas y risas que era mejor quedarse con las zarzas del pecho e imaginar hasta el infinito de todos los planetas y todas las estrellas espías, que así no duraría tanto.
"Devuélveme todo lo que te quise: no quedé satisfecha."
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