"¿Cuántas veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo?" (cita de Hamlet)
Bajaba casi desnudo por las escaleras de piedra. Deformes, asimétricas. Sus pies helados le avisaban que, o terminaba pronto aquel recorrido descendente, o caería rodando. Con una sola capa de tela que cubría su cuerpo iba encogido de hombros tiritanto. A su lado, un joven con cara angelical y mejor apariencia le acompaña en ese camino desconcertante. Mientras, el joven, le explicaba cada centímetro de lo que tenían a su alrededor: Absolutamente nada, todo desierto.
Conforme iban descendiendo las solitarias escaleras eternas, sus ojos iban divisando formas grises de montañas pequeñas que rodeaban un acantilado del cual asomaban unas llamas de fuego tales que alumbraban todo mejor a medida que iban acercándose. También, entre tanta ceniza, pudo contemplar una pequeña caseta, como si fuera un bar de playa, en la cual había un joven vestido de oscuro y que estaba de frente a una interminable cola de jóvenes bastante sucios, con la única vestimenta de unos trapos viejos que tapaban la entrepierna.
Para su asomo y sorpresa de su cansancio, terminaron ese último escalón que parecía ser infinito. El joven que le acompañaba le señaló que deberían de ir hasta esa cola. Él lo hizo sin rechistar y sin temblar, ya sentía el calor del acantilado.
Se acercaron hasta esa interminable fila de hormigas ¿humanas?. Abrió los ojos asombrado al contemplar que esas personas, llevaban detrás de sus cuerpos un trozo grueso de madera, que les atravesaba la espalda de manera horizontal e iba atado de muñeca izquierda hasta muñeca derecha; quedando sus cuerpos en forma de cruz. Preguntó a su acompañante: ¿Por qué se liberan una mano y meten fotos de personas en esa pequeña jaula de finos palillos a medida que van avanzando en la cola?. A lo que el joven lo miró de reojo, con una leve sonrisa en la comisura de sus labios y contestó: Piensan que de esa manera el amor que sienten por ellos siempre quedará cerrado por siglos, intacto.
Horrorizado, anduvo con paso ligero desde el último de la cola hasta el primero para comprobar que, lo que aquel fiel portero de esa caseta les entregaba a esa multitud, eran tres clavos pequeños.
Recorrió el mismo camino de vuelta hacia su acompañante y le dijo: ¡Vámonos de aquí!. Cuando fue a agarrarle la mano se encontró con que ya estaban lejos de aquella fila y se acercaban hacia aquellas montañas grises. Era ceniza acumulada, en forma puntiaguda hacia el cielo.
En un intento desesperado de intentar comprender todo fue esquivando aquellas montañas de mil tamaños comprobando que desde lo más alto del cielo iban cayendo aquellas personas que había visto antes. Al vacío, sin gritos ni lamentos, sólo envueltos en llamas. Sometidos a aquellas resignación y totalmente crucificados.
Aulló fuerte, y al girar su nariz se dio de bruces con un ser inmenso, de color dorado y granate, que emanaba un hedor propio del azufre. Boquiabierto, fue levantando la vista mientras retrocedía en pasos pequeños, y contempló su gran pecho, sus grandes hombros y unos cuernos que ardían más que el acantilado.
Al mirar su cara no sólo miró una cara deforme, sino que pudo reconocerse a sí mismo.
Aquel lugar, por siempre, había sido su hogar.
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