Buenos días, buenas tardes y buenas noches

En una casa era fría y de madera, perdida entre las montañas, vivió un padre con su hijo. El niño, de corta edad, apenas tenía relación con más niños y muchas veces jugaba solo con los insectos y pequeños animales que vivían a su alrededor. Cuando era más pequeño, su padre, para que no tuviera miedo a algunos insectos como las cucarachas o animales pequeñitos como los ratones, le decía que a todo lo que tuviera miedo, lo metiera en un bote y que, todos los días, les diera los buenos días, buenas tardes y buenas noches. Y que nunca se le olvidara echarles de comer, para que pudieran durar más tiempo y poder observarlos mejor. Con ese contacto diario perdería el miedo. A los pocos meses el niño había conseguido una estantería casi completa llena de pequeños animalitos a los que cuidaba cada día como si de cristal fueran.

"Buenos días, Señora Cucaracha". "Buenos días, Señora Mantis". "Buenos días, Señor Ratón".

Aprendió a hacerlo así desde temprana edad para que, a pesar de ser sólo un niño, pudiera jugar con arañas, cucarachas, hormigas, mantis, ratones, ratas, etc.

"Buenas tardes, Señora Cucaracha". "Buenas tardes, Señora Mantis". "Buenos noches, Señor Ratón".

Pasaron los años y el padre decidió que el niño debería de ir ya al colegio a relacionarse con más niños y aprender cosas nuevas. El primer día de colegio fue traumático para él, ya que apenas sabía entablar una conversación propia de los niños de su edad. En los recreos se dedicaba a observarlos y recordaba a sus insectos. Los añoraba.

"Buenas noches, Señora Cucaracha". "Buenas noches, Señora Mantis". "Buenas noches, Señor Ratón".

Pasaron los meses y su fijación hacia una pequeña niña rubia, de pelo largo y ojos enormes negros se veía cada vez más y más acentuada. Pero no se atrevía a decirle nada y si, por casualidad, sus ojos se cruzaban, él agachaba la mirada lo más rápido posible. Se sentía tan atraído por su piel blanca que parecía tan suave y tierna que le asustaba sólo el hecho de imaginar tocarla.

Una noche, después de mucho tiempo, el niño ayudó a su padre a recoger la mesa después de la cena. Cogió trozos de pan que habían sobrado y los guardó en sus bolsillos. Salió de la casa y anduvo hasta un pozo cercano. Asomó la cabeza y echando el pan dentro dijo: "Buenas noches, Señorita Niña".






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