Día 8 - Tarde

Esta tarde mis amigas y yo nos hemos dispuesto a tomar el solecito como lagartos (que no lagartas, ojo) panza arriba en una terracita de estas tan monas con sus mesas de plasticazo y sus patas de mesa que arden como el mismísimo infierno si arrimas mucho la pierna. ¡Ay, qué gustito!
Allí, como castañas asadas, nos ha atendido Friedrich Nietzsche rascándose con el culo del bolígrafo su hermosísimo bigote y mirando la libretilla. Se ha metido el palillo de los dientes en el mandil y nos ha dicho: "Cuantos hombres se precipitan hacia la luz, no para ver mejor sino para brillar". A lo que una amiga le ha dicho: ¡Óle las cosas bonitas!
He dejado de mirar la carta y lo he mirado con ojos de sospecha. No porque estuviera cabreada o a disgusto sino porque el sol me estaba pegando de frente. Le he dicho: "Las personas que brindan su plena confianza creen por ello tener derecho a la nuestra. Es un error de razonamiento: los dones no dan derecho". Y me ha dicho: Perdona, pero...hum...esa frase es mía. A lo que le he contestado: ¡Como si ahora tuviéramos que tener un guión escrito para todo, oye!. Hemos sonreído y guiñado un ojo, haciendo como si tuviéramos una pistola en la mano, haciendo un ruido en la boca como cuando alguien ronca y quieres que deje de hacerlo. Como se llaman a las cabras a veces, vamos. ¡KIÁ! 


El disparo de esa pistola suya me ha llegado cuando me ha puesto el café hirviendo... ¡Cuánto nos hemos querido siempre este amado bastardo y yo!

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Deje su alma aquí después de la señal. RIIIIIIIIIIIIIIP