Allí, como castañas asadas, nos ha atendido Friedrich Nietzsche rascándose con el culo del bolígrafo su hermosísimo bigote y mirando la libretilla. Se ha metido el palillo de los dientes en el mandil y nos ha dicho: "Cuantos hombres se precipitan hacia la luz, no para ver mejor sino para brillar". A lo que una amiga le ha dicho: ¡Óle las cosas bonitas!
He dejado de mirar la carta y lo he mirado con ojos de sospecha. No porque estuviera cabreada o a disgusto sino porque el sol me estaba pegando de frente. Le he dicho: "Las personas que brindan su plena confianza creen por ello tener derecho a la nuestra. Es un error de razonamiento: los dones no dan derecho". Y me ha dicho: Perdona, pero...hum...esa frase es mía. A lo que le he contestado: ¡Como si ahora tuviéramos que tener un guión escrito para todo, oye!. Hemos sonreído y guiñado un ojo, haciendo como si tuviéramos una pistola en la mano, haciendo un ruido en la boca como cuando alguien ronca y quieres que deje de hacerlo. Como se llaman a las cabras a veces, vamos. ¡KIÁ!
El disparo de esa pistola suya me ha llegado cuando me ha puesto el café hirviendo... ¡Cuánto nos hemos querido siempre este
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Deje su alma aquí después de la señal. RIIIIIIIIIIIIIIP